Mayda


Julaqui se bajó de su chinchorro para estar seguro de lo que veía. Efectivamente era una mujer… o no, mejor dicho era una  niña.  

-No sabes que está prohibido a las mujeres entrar al dormitorio del shaman?

-¿Cómo puede un señor que se levanta tan de mal genio ser el  guía de nuestro pueblo? replicó la niña.  

Durante el largo silencio que siguió, los ojos del anciano perseguían a la niña mientras ella curioseaba entre las hierbas,  las semillas y las totumas que había en la casa.

Al fin preguntó:

-Niña: ¿Tú quién eres?

-Soy Mayda… La casa de mi familia está muy cerca de aquí. ¿Cuántas veces has pasado a mi lado y nunca me has visto?

-Haces demasiadas preguntas, niña!

-El otro día te vi atender a un hombre enfermo, eras tú el que hacía muchas preguntas.

La niña cogió un sonajero y se oyó como el murmullo de una quebrada.

-¿Qué es esto?

­¡Déjalo ahí!

Mayda obedeció.

-Está bien, pero para qué sirve?

El abuelo calló un momento, lentamente se acercó a la niña,  se sentó y habló:

-Sirve para recordar…

sirve para no olvidar…

Fueron hechos de agua y tierra y secados por el sol y el viento. Cuando suenan… suenan todos al tiempo… Así recordamos  que estamos hechos todos de agua y tierra y que el sol y el; viento nos dan la vida y que sonamos… sonamos todos al tiempo, el árbol y el tigre, el pez y la gente, porque estamos unidos como los cascabeles del sonajero. Y el alegre murmullo de nuestra madre tierra está hecho con los pequeños sonidos de cada uno de nosotros.

Sabes Mayda hasta yo mismo lo estaba olvidando; vas a tener que visitarme con más frecuencia niña…

¿Niña, qué…

¿¿­Niña!?

­Mayda….

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