Gracias por las lágrimas

He dejado de usar Facebook, ni siquiera la tengo instalada en mi teléfono. No he cerrado mis cuentas porque aún hay gente, historias y esperanzas que solo encuentro allí. El otro día, por ejemplo, entre por algún enlace que me llegó. Ya había visto ese vídeo, así que navegué un poco y me encontré la carta que Vera le escribió a Abril y compartió en su perfil.

Antes de terminar de leerla lloré. Así que interrumpí la lectura para agradecerte las lágrimas, querida Vera. Hace rato necesitaba llorar y me cuesta tanto (ya sabes, el machismo lo hace difícil y no se arregla con sólo cambiar el discurso). Lloré por sentirte furiosa en la fiesta de papayera después del tiroteo. Lloré porque se me hizo muy presente el amor que te tengo, a ti y a Abril. Lloré porque me sentí culpable de no haber llamado a Abril en su cumpleaños. Lloré porque siento que Laura no quiere que hable con Abril. Lloré por mi Laura y por mi Juan.  Lloré porque estoy asustado con la incertidumbre, a pesar de que siento que era lo que siempre había esperado.

Ha parado el mundo y el «sistema» colapsa, pero descubro que soy el sistema, que también colapso. Me esfuerzo por recordar lo esperanzadora que es la posibilidad de volver a empezar. Leo sobre cómo después de la peste negra, la Europa medieval tuvo que dejarle paso a lo que iba surgiendo.

Me da mucha esperanza pensar que nos creeremos los miles de memes llenos de buenas intenciones: la posibilidad de construir sociedades más solidarias, más ecológicas, más lindas. La crisis nos permite encontrar lo mejor del ser humano. El silencio nos permite reflexionar sobre los errores cometidos. El aislamiento nos ha permitido valorar el encuentro. La suspensión de las actividades ha disminuido la polución, ha permitido que otros animales retomen los territorios perdidos. Hemos descubierto que podemos vivir con menos, hemos bajado el consumo, descubrimos que es posible una menor producción.

Aunque un vistazo a las noticias parece mostrar que también lo peor del ser humano aflora: el control granular basado en tecnología, la militarización, el control estatal de la vida cotidiana.

Salir a la calle es encontrarse con el miedo, es llevar el miedo. Estuve afuera hace unos días. Salí asustado y volví paniqueado. Asusta el enemigo invisible que parece estar en todas partes y tal vez en ninguna, como un dios esquivo y castigador o como una imparable lluvia de mierda, que sientes que te unta, que todo lo impregna, que no puedes dejar de embadurnarte.

No sé si asusta más que las calles del centro de la ciudad, cotidianamente atestadas, ahora estén completamente vacías o encontrar pequeñas multitudes en las puertas de bancos y supermercados. Asusta la policía observándote como un potencial multado. Asustan los desvalidos hostiles del privilegio de quienes nos podemos encerrar, tan desconcertados como yo, tal vez más. Amenazantes por el hambre, asustados de la escasez.

Como si fuera poco, cuando voy a pagar la comida me rechazan la tarjeta por falta de dinero. Tememos la muerte, la enfermedad la violencia, la pobreza. De pronto todos estaban ahí, el miedo en toda su magnitud, el sinsentido.

Volví a sentir esa sensación de fracaso que me acompañó en 2017, mientras el cáncer se apoderaba de mi cuerpo. Fracasé incluso ahora que pasó la hecatombe con la que esperaba que todos mis fracasos anteriores desaparecieran. Fracasé porque no sé qué hacer. Fracasé porque el miedo me invade. Fracasé porque no puedo ayudar a quienes quisiera ayudar. Fracasé porque ahora que el sistema no funciona, quiero que esté «normal». Y ese sí que es un fracaso para mí, que siempre he querido salirme de la norma.

Y apareces tú y me cuentas la historia que ya me habías contado. Te veo con la pequeña Abril huyendo del hospital en medio de la balacera y me acuerdo de nuestras hijas y nuestros hijos, de los sueños y las esperanzas. Y por fin pude llorar. Lloré por esta generación que hemos criado, por esta generación que sobrevivirá a esta peste y contará un nuevo Decamerón y espero que tenga un nuevo Renacimiento.

Gracias por las lágrimas.