Mi vecino

La castidad no tiene, a mi modo de ver, mérito alguno. Yo no la practico, simplemente me sucede, con criminal frecuencia. He llegado a pasar años sin sexo. Ahora mismo llevo un verano de ¿cuánto será? ¿seis meses? No. Mucho más. ¿Cuándo sería la última vez? Debió ser la rubia aquella que me alojó en Madrid, completamente loca y como diez años mayor que yo. Eso fue hace… ¡mierda! como año y medio.

– “¿Y en qué va tu proceso?” Me preguntó mi vecino, hace un par de días. Llevábamos semanas sin charlar a fondo.

– “Bueno, el trabajo que estoy haciendo con la escritura me está ayudando mucho”, respondí. “Pero la verdad a ratos siento que el cuerpo no me responde. Por ejemplo, me meto al baño y tengo que pasar un rato para tomar impulso para entrar a la ducha, luego hacer un esfuerzo enorme para salirme”.

– “Ese tema lo estoy trabajando con ejercicio. Todas las mañanas antes de la ducha. La exigencia muy fuerte al cuerpo hace que uno logre dominarlo”. Contestó.

Por supuesto, el tema del sexo no apareció en ningún momento en la larga charla que siguió.

Somos amigos hace como 10 años, pero hace sólo unos meses somos vecinos. Hemos hecho un acuerdo, el principio central es “yo vivo solo” (aplicable a los dos), eso hace que cada uno pueda tener su vida privada, sin sentirse invadido por el otro. A veces pasan semanas en que no coincidimos, pero otros días él viene a mi apartamento o voy al suyo. Nos prestamos cosas, chismeamos, pero sobre todo hablamos del proceso espiritual que nos ha unido por una década, compartimos experiencias, preguntas profundas, nos contamos sobre cómo van nuestras vidas.

Lo conocí en un vuelo a Chile, íbamos juntos al centro espiritual de los humanistas cerca al Aconcagua, a mitad de camino entre Santiago y Mendoza. Hablábamos, pero yo no lograba ubicarme respecto a él. Venía de un pueblito cafetero del centro de Colombia, no conocía el mar, era joven y además parecía diez años menor. Había trabajado en una funeraria. Era un recién llegado en un grupo grande de amigos de hace años. La única razón por la que había ido con nosotros, era porque recién se había emparejado con nuestro orientador espiritual, a quien todos apreciamos mucho.

Unas semanas después vino a vivir a Bogotá, se hicieron pareja oficial. Con el tiempo el chico demostró las razones por la cuales nuestro orientador se había enamorado de él. Es una persona muy inteligente e impresionantemente disciplinada. Estudió inglés en Internet y ahora los habla con mucha fluidez. Por estos días estudia italiano.

Siete años después se separaron. Él vino a vivir a este edificio donde ahora yo también vivo. Trabaja como actor de doblaje y locutor, mientras termina su carrera de cine. Tiene una voz muy hermosa, y una presencia acorde con ella, es muy guapo. Hombres y mujeres, cisgénero y transgénero, muestran gran interés en él. Y hace sus levantes.

La ducha de su apartamento está pegada a la del mío, la pared incluso tiene una pequeña ventana en la parte superior, taponada por una especie de tabique de madera. Mientras estoy en el baño, suelo escuchar lo que pasa en su cuarto, con frecuencia lo escucho leyendo con un palito en la boca, como ejercicio para mejorar constantemente su pronunciación y entrenar la voz para sus sesiones de locución. Siempre la disciplina.

También escucho cuando está teniendo sexo. Me encanta que la gente tire en la casa, creo que eso llena el ambiente de buenas energías, de energías poderosas.

Mi vecina, la costeña del apartamento del otro lado, está estrenando novio. A veces los escucho teniendo sexo, me alegra mucho oír los jadeos, aunque debo confesar que no me molestaría, que la pared del lado de su puerta, tuviera una ventanita en la cual uno pudiera echar un vistazo.

Al parecer, a mi vecino del que hablaba primero, le encantan el sexo mañanero, con mucha frecuencia me encuentro con los ruidos del sexo al entrar en mi baño en las mañanas. Un par de veces me ha presentado amigos, que salen de su casa temprano, cuando yo salgo al trabajo.

Escuché los resuellos en su cuarto apenas entré al baño esta mañana. “Maldito suertudo”, pensé. Me metí rápidamente a la ducha, no quería seguir imaginando la historia que contaban los jadeos, no quería seguir envidiándolo porque él sí tiene sexo. Al cerrar mi ducha, escuché como la suya seguía abierta. Recordé que, a diferencia de la mía, su ducha es helada y recordé nuestra conversación acerca del ejercicio en la mañana. ¡Mierda! Voy a tener que hacer algo con este celibato.


 Parte de los ejercicios de l taller de escritura dirigido por Fernanda Trías

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