La Yuly

“La punta del dedo índice debe quedar como centro de la arepa, con la otra mano se le hace girar hasta que quede redondita”, nos estaba explicando tu mamá el día que todo empezó, cuando llegó tu papá rojo de la ira. “Mijo, llegó temprano” intentó saludar tu mamá, con una nueva pelota de masa en la mano. “Maricón”, gritó tu papá al tiempo que te derribó de un golpe. La coordinadora de disciplina, la maldita señorita López, lo había llamado al trabajo a contarle que te habían expulsado del colegio, luego de que Rodríguez y sus amigos te dieran una paliza en el patio por llevar delineador en los ojos.

Esa noche, casi no pude dormir pensando dónde estabas. Después me llamaste a contarme que pasaste la noche en un rincón del puente de la Sevillana. También me contaste que esa noche entendiste que ibas a extrañar a tu mamá y nuestra complicidad en el colegio, pero que por primera vez te sentiste libre y pudiste dormir.

Tres semanas después, me llamaste a contarme que fuiste de compras a San Victorino, con un combo de pirobitos con los que convivías en la casa de la madre Luisa, en la carrera 3, y trabajaban en las afueras del Terraza Pasteur. Me contaste que la gente les miraba al pasar, algunos chiflaban, los vendedores no eran especialmente amables, pero les atendían. Me confesaste que te compraste una faldita escocesa. como la mía del colegio, pero muy cortica, unas medias de malla y maquillaje. “Y entonces la Marcela me dijo: Yuly, mire estos cucos…” ¿Yuly? Te interrumpí. “Sí, me lo puse en honor a ti”. Y me contaste que tus amigas ya te llamaban por ese nombre y te sentías cada vez más tú misma. Esa tarde fuiste feliz.

Habían pasado como dos años, cuando me llamaste a contarme que tu pelo crespo, había crecido lo suficiente y por fin tenías la cabellera de una mujer. Por ese tiempo, también llamaste a contarme que habías ahorrado lo suficiente para pagarle a la Aracely su famoso tratamiento del culo. “Con esto, mamita, no va a haber hombre que se le resista” me contaste que te dijo la vieja puta, mientras te inyectaba su desconocido líquido viscoso y amarillento en las nalgas.

Tus llamadas se hicieron repetitivas, siempre eran historias de lo duro que era tu trabajo: chupar vergas flácidas de viejos pervertidos, dejarse penetrar sin condón por diez mil más, irse a lugares desconocidos para poder cobrar unos pesitos adicionales. Eso sin contar las veces que llamaste llorando por los clientes que te maltrataron, te golpearon, te insultaron. Al fin una tarde llamaste alegre, después de seis años de esfuerzo y ahorro te habías puesto las tetas. Fuiste tan generosa en detalles que aun te puedo imaginar: desnuda frente al espejo, con tu miembro escondido entre las piernas, viendo la mujer que siempre quisiste ser.

“Juliana, que emoción”, dijiste mientras saltabas de alegría enfrente del cochecito. “Tienes un bebé”. Pensé que si no hubiera estado tan distraída buscando la dirección de la óptica, te hubiera reconocido y no me hubiera asustado tanto. “Soy Yuly, aunque tú me conociste como Jorge” dijiste con una feminidad coreografiada, mientras me ofrecías tu mano con las uñas recién hechas. “Marica, estás preciosa” dije abrazándote. “Lo lograste, ni yo te reconocía.” Te pusiste muy seria “Cómo es que no me habías contado que tenías un bebé”. Esa tarde la pasamos en una cafetería adelantando cuaderno.

Aló. ¿Hablo con Juliana? No podía reconocer la voz. Mire yo soy Susana, soy amiga de la Yuly. Hace tiempo no hablo con ella, respondí.  Entiendo, sí señora, encontré su número en la agenda de Yuly, ella siempre habla de usted: Lo que pasa es que Yuly está muy grave. El domingo pasado la atacaron en la obra del Transmilenio, ahí en la décima. Le pegaron con varillas de hierro, le reventaron una prótesis, le partieron una pierna y le rompieron la cabeza.

“Siento mucho informarle que falleció hace 20 minutos” nos dijo el médico del Hospital la Victoria cuando finalmente nos atendió, tu madre y yo llevábamos horas esperando. Te habían negado el servicio en tres hospitales antes de que te recibieran en este. “Igual no hubiera sobrevivido mucho”, me dijo el médico cuando fui a pedir el acta de defunción. En los cuatro días que sobreviviste, lograron diagnosticar que eras portadora del VIH y que la mezcla de aceites que te habían inyectado en los muslos estaban formando un carcinoma.

“Gracias a Dios que sumercé pudo reclamar el cuerpo” le dijo la travesti vieja a tu mamá, mientras recolectaba las contribuciones de las chicas. “A la Vanessa la mató hace como un año un cacorro acá en la esquina, dizque el novio”; tu mamá seguía absorta viendo el ataúd puesto en dos mesas en medio de la pista de baile del burdel del Santafé. “Nos hicieron esperar como dos meses para poder reclamar el cuerpo sin un familiar”. Tuve que confesarle a tu mamá, que los pesos que yo le daba cada mes en realidad los mandabas tú.  No tuvimos otra opción que aceptar la propuesta de hacer el velorio en esa casona de la zona de tolerancia, sabes que lo que gano apenas me alcanza para mantenerme y a mi chiquito. “Eso no es nada, madre. Acuérdese de la Katy”, dijo la Susana desde el otro extremo de la mesa y apuró un trago de aguardiente. “Esa terminó en una fosa común, por allá en Matatigres, no?”. El rostro de la madre Luisa se puso aún más agresivo, no hizo ningún esfuerzo por endulzar su vozarrón masculino: “Ya les dije a usted y a la Yuly (que en paz descanse) que en temas de drogas no me meto”.

Al otro día te enterramos en un rincón alejado del Cementerio Central. Solo estuvimos la madre Luisa, la Susana, otras dos travestis con cara de enguayabadas, tu mamá y yo. El cura que contrató Luisa al entrar no disimuló su desprecio, recitó un padre nuestro y un avemaría como quien repite fórmulas burocráticas en un trámite, se giró sobre sus talones mientras decía “Dale señor el descanso eterno” y se alejó sin esperar la respuesta del grupo. Sobre el cemento fresco, tu madre escribió con ese índice que había ganado firmeza moldeando arepas: Jorge Romero 1981-2010, borrando así el último recuerdo de la Yuly.

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Este relato lo escribí como parte del Taller de formación intermedia en Narrativa de ficción 2025 de IDARTES orientado por Dayana González Fajardo

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Consultor en comunicación digital para la sostenibilidad, la equidad y la inclusión. Escritor, comunicador y educador. Con más de 27 años de experiencia realizando procesos de educación y comunicación estratégica y digital con comunidades, ONG y pequeñas empresas.

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